
Katalina García Pérez, estudiante TNS en Educación diferencial e inclusión CFTE de la Región de Antofagasta
Desde que comencé a estudiar Educación diferencial e inclusión, descubrí una verdad que debería ser obvia, pero que casi siempre se ignora: no todos los estudiantes aprenden igual, y eso no los hace menos capaces. Esta idea cobra especial fuerza cuando hablamos de niños y niñas dentro del espectro autista.
La educación tradicional sigue atrapada en modelos rígidos, donde se espera que todos avancen al mismo ritmo, se comporten igual y comprendan de la misma manera, pero quienes estudiamos en esta área, sabemos que esa lógica deja fuera a muchos. En estos casos, es importante tener claro que ellos no fallan en aprender, el sistema es el que falla en la forma de enseñarles.
Durante mi formación he aprendido que cada persona es única, con fortalezas, desafíos, intereses y formas de comunicarse distintas. Algunos necesitan apoyo visual, otros tiempos flexibles o espacios tranquilos, pero, sobre todo, necesitan ser escuchados, comprendidos y valorados.
El rol del educador no es solo planificar estrategias inclusivas, es también ser un puente entre el estudiante, la comunidad escolar y la sociedad, promoviendo una mirada más humana. No se trata de dar “privilegios”, como muchos creen. Se trata de garantizar derechos: el derecho a una educación digna, accesible y respetuosa de las diferencias.
Como futura profesional, sueño con una educación realmente inclusiva, que vaya más allá de un discurso bonito, y se convierta en una práctica diaria.
Además, es fundamental entender que como educadores también estamos en constante aprendizaje. Cada estudiante que se cruza en nuestro camino, nos entrega una lección distinta, una mirada nueva sobre el mundo, que nos desafía a ser más creativos, más empáticos y pacientes. Trabajar con estudiantes dentro del espectro autista no solo implica adaptar contenidos, también es una invitación a transformar nuestras creencias y actitudes.
La inclusión no es un concepto lejano, es una decisión que tomamos cada día. Es elegir mirar más allá del diagnóstico, reconocer lo valioso que es cada niño y niña, y darles un entorno en el que puedan crecer tranquilos y ser felices, porque cuando una sala se adapta a sus estudiantes, en vez de esperar que los estudiantes se adapten a la sala, ocurre algo increíble: todos aprenden, todos crecen y todos ganan.
Es hora de cambiar la manera en que entendemos el éxito escolar. En ocasiones, más que una clase perfecta, lo que necesita un estudiante es que alguien crea en él y lo anime. No todos los logros se miden en notas o pruebas estandarizadas. A veces, un gran avance es que un niño diga su primera palabra, que logre mirar a los ojos, que participe en una actividad grupal. Cada pequeño paso merece ser celebrado, por el esfuerzo, constancia y amor que hay detrás.
Por eso, mi compromiso como futura educadora diferencial, es seguir luchando por una escuela más justa, más humana y amorosa; una escuela donde la diversidad no sea un problema para resolver, sino una riqueza que nos enseña a convivir, a respetarnos y a construir un futuro mejor para todos y todas.
